Etiquetado: Cabaret Voltaire

Pan a secas

cubierta_diario.indd
El pan a secas
Mohamed Chukri
ISBN:  978-84-9403-531-9
272 páginas.
19,95 €

El 15 de noviembre de 2003, enfermo de cáncer, moría el escritor Mohamed Chukri en un hospital de Rabat. Nueve años más tarde, al otro lado del Estrecho, asistimos a la feliz recuperación de su memoria y su obra, de mano de la editorial Cabaret Voltaire.
No fue Chukri un autor demasiado prolífico, aunque sí muy traducido. Con todo, lo publicado en España se limitaba tan solo a tres títulos. Las ediciones hace años que se encontraban agotadas y de ahí el acierto de Cabaret Voltaire que hace de su catálogo un referente imprescindible.
En mayo de 2012, sale a la luz un inédito en nuestro país: “Paul Bowles, el recluso de Tánger”; y en noviembre, “El pan a secas”; ambos títulos traducidos por Rajae Boumediane El Metni. La primavera de 2013 llegará con la versión completa de “Jean Genet en Tánger” y para finales de este mismo año, cuando se cumpla el décimo aniversario de su muerte, hablaremos de “Tiempo de errores”.
La novela autobiográfica “El pan a secas”, fue escrita en 1972 y no se publicó en árabe hasta 1981. La primera edición fue impulsada por Paul Bowles que la tradujo al inglés bajo el título “For bread alone” en el año 1973. Posteriormente, otro escritor marroquí, Tahar ben Jelloun, la vierte al francés en 1980 como “Le pain nu” y ya en España, por influencia francesa, se titularía “El pan desnudo” en la edición de Montesinos de 1989. Llegarían más tarde las ediciones de Círculo de Lectores en 1992 y Debate en 1996 y 2000.
“El pan a secas” se corresponde con la primera parte de la autobiografía novelada de Chukri, a la que seguirá “Tiempo de errores” y “Rostros, amores, maldiciones”. La traducción, que ahora Cabaret Voltaire nos entrega, parte de la versión en árabe revisada por el autor pocos años antes de su muerte, respetando términos originales y notas a pie de página, aproximándonos al original en toda su dimensión y crudeza.
En el artículo “La supuesta picaresca de Chukri”, de Fernández Parrilla, recogido en Autobiografía y literatura árabe (2002), se mencionan los efectos de la censura y el oscurantismo que se precipitaron sobre la novela desde el principio, pero también sobre la transgresión moral que ésta supuso. Observamos que ya en este artículo se considera la posible traducción del título como “Pan a secas”.
Mohamed Chukri había nacido en 1935 en el seno de una familia extremadamente pobre de la cábila rifeña Beni Chikr, cercana a las ciudades de Nador y Melilla. Si la pobreza del Rif era manifiesta antes del conflicto que durante quince  sangrientos años se mantuvo con España, resulta difícil imaginar que una vez pacificado el territorio las condiciones fueran a mejorar; de ahí que sus primeros pasos estuvieran marcados por la miseria y la lucha desesperada por la supervivencia.
Chukri se adentra en sus recuerdos de niño con la partida familiar hacia Tánger sin un trozo de pan que llevarse a la boca, vomitando de pura inanición y encajando las palizas de un padre despiadado que le maltrataría permanentemente y que terminaría con la vida de su hermano Abdelkader, enfermo por el hambre.
Desesperación, violencia, miseria y hambre serían sus horizontes. Haciendo uso de un realismo duro y desgarrado nos invita a conocer sus primeras incursiones en la medina de Tánger en busca de alimento: en el Zoco Grande pudo entretener su estómago con “unas hojas de col, mondas de naranja y restos de fruta podrida”; otras veces acompañaba a su madre a comprar el pan duro a los mendigos.
El fracaso en Tánger llevará a su familia a Tetuán donde trabaja de camarero en un café de mala muerte, de seis de la mañana hasta pasada la medianoche. Era habitual que las treinta pesetas de salario mensual las cobrara su padre quien desaparecía varios días hasta gastar el último céntimo en violentas borracheras. La injusticia le hizo plantearse el robo como venganza hacia los que le explotaban. Vendrán otros empleos: tirando por un carro en una fábrica de ladrillos, de limpiabotas o vendedor del Diario de África. Había aprendido a cuidar de sí mismo.
Comienza su relación con el kif, el majoun y el hachís, y a beber vino. Despierta a una sexualidad que sorprende por la sinceridad con la que reconoce un apetito desproporcionado por todo lo que está a su alcance. La sordidez de los ambientes nocturnos y el vicio de la prostitución se harían prácticas habituales, recurriendo a la delincuencia para asegurarse esos placeres.
Un salto temporal a Orán (Argelia) donde otros miembros de la familia habían emigrado, le hace conocer la vergüenza, aprender del error y ahondar en una sexualidad obsesiva que se mantendrá a lo largo del tiempo.
Regresa a Tetuán y deja su casa para dormir en la calle hasta que definitivamente huye a Tánger escapando de la brutalidad de su padre. Sin fisuras ni concesiones y en una dinámica de permanente violencia, nos arrastra hasta la ciudad que finalmente habrá de ser su casa. Allí peleará por la supervivencia, haciendo de la calle su vida y frecuentando los numerosos bares y burdeles a medida que el trapicheo y el contrabando le permiten el despilfarro. Expuesto a numerosos riesgos, el buscavidas que se mueve entre alcohol, putas y amantes, caerá entre rejas y seguirá derrochando una vida cuyo futuro es siempre incierto.
El pan a secas finaliza en el momento en que Chukri, con veinte años, decide ingresar en una escuela en Larache para aprender a leer y escribir. Algo comenzaba a despertar en su interior. Con el tiempo diría de sí mismo: “Soy un antiguo analfabeto autodidacta que, más tarde, deseó transmitir a los demás aquello que había aprendido”. Le sobraría material para componer una literatura que impacta por su sinceridad y que denuncia y protesta contra aquellos que se habían apropiado de su infancia y adolescencia; una literatura llena de sentimiento y humanidad.
Su compromiso con la defensa de las clases marginadas, olvidadas y aplastadas, fue una constante. En este sentido no extraña que haya mostrado todas sus cartas en la obra “Paul Bowles, el recluso de Tánger” de la que diría: “Con mi libro sobre Paul Bowles he matado a mi segundo padre”.
He tropezado innumerables veces con rostros y miradas en la Medina de Tánger que me han recordado al Chukri de “El pan a secas”. La mirada de aquéllos que se asoman desde lo más alto de la Kasbah o desde Dar El Baroud al mar del Estrecho, de los que transitan por el mismo Boulevard Pasteur por donde él cruzaba camino de su rincón en el Ritz, mostrando la inocencia y la huella de la dureza de los días. A través de ellos conoceremos la profunda realidad de Tánger y aprenderemos a valorar a Chukri.

Javier F Granda

Anuncios